Por Fernando Eguren
Presidente del CEPES.
Un día como hoy, hace 41 años, el gobierno del general Velasco promulgó
la ley de reforma agraria y, simultáneamente, ocupó los grandes
complejos agroindustriales azucareros de los llamados ‘barones del
azúcar’.
En los siguientes seis años, fueron expropiadas todas las haciendas del
país. Sus tierras fueron adjudicadas a cooperativas agrarias de
producción (alrededor de 2.3 millones de hectáreas), a Sociedades
Agrícolas de Interés Social (SAIS, 2.9 millones) y a comunidades y
otras organizaciones campesinas (3.5 millones). Se beneficiaron 375 mil
familias. Regionalmente, fueron expropiadas y adjudicadas el 53% de las
tierras de uso agropecuario de la costa y el 23% de la sierra.
Las cooperativas y las SAIS no resistieron el paso del tiempo: las
primeras fueron divididas por los propios trabajadores en parcelas
familiares, y las tierras de las segundas fueron, salvo excepciones,
distribuidas entre las comunidades campesinas.
Desde el punto de vista de la producción, la reforma agraria no fue
exitosa. Pero al redistribuir las tierras, mejoraron los ingresos de
centenares de miles de familias. Desde el punto de vista social y
político fue muy importante: puso fin al gamonalismo y a las relaciones
serviles, democratizó la sociedad rural y permitió la conversión de los
campesinos en ciudadanos.
La contrarreforma agraria, iniciada tímidamente en los ochenta se
aceleró en la década de 1990. La Constitución de 1993 eliminó las
restricciones a la propiedad agraria y redujo la protección a las
tierras de las comunidades. Muchas leyes posteriores profundizarían la
liberalización del mercado de tierras, marginarían a la agricultura
familiar y debilitarían aún más las normas que amparan los derechos
comunales. El manifiesto escrito por el presidente García, “El síndrome
del perro del hortelano” en octubre de 2007 puso en blanco y negro el
decidido apoyo de su gobierno a la reconstitución de latifundios:
campesinos y nativos no deben ser los propietarios de sus recursos
pues, afirma el presidente, no saben y son pobres; esos recursos deben
ser transferidos a los grandes inversionistas, que tienen las
tecnologías y recursos económicos, y que además se convertirán en sus
nuevos patrones. Continúa así la orientación de los gobiernos de
Fujimori y Toledo de reconstitución de latifundios.
Cuarenta y un años después de la reforma agraria hay neolatifundistas
mayores que los que existieron antes de la reforma agraria.
El más grande de todos, el grupo Gloria, controla alrededor de 60 mil
hectáreas en la costa de Áncash y La Libertad; el grupo Romero, unas 20
mil hectáreas en Piura, Huaral y San Martín; el grupo Dyer (Camposol),
alrededor de 24 mil hectáreas en varios valles de la costa; la empresa
Maple, 12 mil hectáreas en el valle del Chira. Hay decenas de
neolatifundios que tienen más de mil hectáreas. Y las casi 150 mil
hectáreas de nuevas tierras públicas, que se ganarán en la costa con
nuevas irrigaciones hechas con dineros también públicos.
Tomado de: La República.